El aljibe y el spa: reflexiones en torno al agua

Leo en una revista de tirada semanal, de un conocido diario, que el agua será en un futuro cercano el “oro azul”, por contraposición a lo que ha sido el “oro negro”.
Otros la llaman el petróleo del S.XXI. Y sin embargo, sin el oro azul, no se hubiera podido obtener el tan deseado oro negro.

 

 

    Una fotografía me invitó a la reflexión… Era un viejo aljibe o depósito para almacenar agua junto a una casa.

 

 

Los datos que ofrecen los organismos internacionales resultan escalofriantes: miles de millones de personas sin acceso a agua potable, previsiones de agotamiento de acuíferos, sequía y otros males diversos debido a la escasez y mal reparto de tan elemental elemento: el agua.

Por eso me llama poderosamente la atención una página de esa misma revista, en la que se mencionan 10 clases diferentes de agua embotellada, en distintos tipos de envases, a cuál más soberbio en cuanto a diseño o tendencias. Aguas de Dinamarca, en sugerente botella cristalina, agua de Francia en estilizado botellín, gallegas, de Patagonia, escultóricas por su diseño en forma de columna dórica, hasta, asombrándome exageradamente, con oro en su exterior… Precios desorbitantes y lujos desorbitados, en contraste con la carencia habida en diversos países en los que el agua es, además de obviamente una necesidad básica, un recurso que se presta a luchas y pleitos.

La cultura del agua va más allá de lo que el agua, como elemento indispensable para cualquier ser vivo, nos pueda ofrecer.  No olvidemos que el ser humano es principalmente agua: en concreto, más de la mitad de nuestra masa corporal es sólo agua. Y que el agua es vida y sinónimo de supervivencia, de salud y bienestar. El agua ocupa algo más de las dos terceras partes del planeta que habitamos. Agua para calmar la sed, agua para la higiene y la limpieza, agua que abastece depósitos, embalses, charcas, estanques, pozos, aljibes… Agua que nos da la vida. Agua, en definitiva, que nos mantiene.

Por contraposición y paralelamente, aparecen e irrumpen con extremada arrogancia los centros de talasoterapia, spas  y de terapias del agua. ¿Un bien o un lujo? ¿Una necesidad o una riqueza?

Ese viejo aljibe… seguía pensando en torno a él. Sentí la necesidad de pintarlo.

 

 

De todos es conocido el bien que nos aporta a los seres humanos pasear a la orilla de una playa, caminar y dejar que las olas y, por consiguiente, el agua, acaricie nuestros pies. Cuánto menos, nos provoca la dulce y serena tranquilidad que, tal vez, durante muchos días, veníamos buscando y que la naturaleza se encarga, de una manera sencilla, de regalar. El agua de mar está cargada de iones que, llegando al ser humano directamente, provocan en él la sensación de calma y relax que tanto necesita. De ahí su efecto tranquilizador y, algunas veces, sedante. Lo hemos experimentado, y no nos ha costado, los que hemos tenido acceso a ello, ni un céntimo.

Pero estos centros de relax que han ido creciendo en medio de lugares de esparcimiento y de vacaciones, emplean el mismo “oro azul”, o sea, el agua de la que otros, con muchos menos recursos, carecen. Ofrecen flotar en ella por módicos precios o precios imponentes, según el cristal con que se mire. Chorros a presión, masajes acuíferos, curaciones y la ilusión sobre la desaparición de ciertos trastornos del siglo XX y XXI como pueden ser el estrés, la ansiedad, el agobio etc. Todo esto en paquetes de distintos precios según usos determinados. Bueno es que lo experimentemos, bueno es que el agua llegue a nuestro cuerpo, inunde nuestros poros y salgamos, de una sesión de las mencionadas, con las pilas cargadas para un tiempo razonable. No sólo de pan vive el hombre…

Me puse manos a la obra. Dibujé los primeros trazos del cuadro del aljibe.

       

                                                 

Y si me remonto  unos cuántos años atrás, recuerdo que también lo hacía de pequeña en la pileta rectangular de piedra molinera que había en la casa de mi abuela, donde se lavaba la ropa a mano. Y no había mejor fiesta que chapotear en ella en tiempo estival. Era la fiesta de bañarse al aire libre y a cuerpo de rey en una pileta que, de forma anticipada, hacía las veces de las actuales sesiones de agua-terapia.

Pero es que el agua sigue siendo vida, y a la vida se debe. El agua es vida que a su vez proporciona más vida en agricultura, en  jardines, centros de salud y en cada uno de los hogares de nuestro planeta. Aunque no en todos los hogares. África llora y derrama lágrimas de agua salada ante la impotencia de no poseer los mínimos abastecimientos de agua potable y en condiciones  para sus pueblos y su supervivencia. ¡Qué contradicción!  Unos usan el agua en botellas de diseño, otros gozamos bajo los chorros propulsores del agua proyectándonos la consabida terapia, y otros rascan y arañan la tierra en busca de una pequeña vena de agua que no aparece, que no se propicia…

Por ello, no me queda más remedio que echar la vista atrás y ensalzar el aljibe que, con sus manos, construyó mi abuelo en tiempos pretéritos. Es un legado de mis antepasados con su cultura tradicional de subsistencia.

Comencé a darle forma al cuadro. El lápiz grueso daba paso a trazos de influencia impresionista.

 

    

Sí, ese que hizo con arena acarreada a lomos de una mula y una yegua, traída del Barranco de la Arena. Llamado así por la gran cantidad de arena que arrastraba la lluvia desde las faldas del volcán Teide, depositándola más abajo, en zonas de medianías. El abuelo que, con la ayuda de sus vecinos, propició un hueco medio subterráneo para ubicar el aljibe que iba a abastecer, no solamente a toda su prole, sino también, a las tierras de los  alrededores de la casa. En su sabiduría ancestral, el abuelo dejó rematadas e impermeabilizadas  sus paredes,  así como su piso, haciéndolo con piedras, lajas y bastante cantidad de cal. Elemento éste, la cal, necesario en el blanqueo de algunas casas canarias pero, a su vez, material necesario también para mantener desinfectadas y potabilizadas las aguas de lluvia. Aguas que venían de los tejados, azoteas y que llegaban al aljibe para su aprovechamiento a lo largo del año.  Al lado de este aljibe había un abrevadero hecho de piedra y cuya función era la de abastecer de agua a los animales que componían el hábitat autosuficiente. El aljibe de mi abuelo estaba rematado en su parte superior con tablones de madera barata ya que no había para más. Y sin embargo, no le faltó el brocal con su puerta de madera. Una simple soga anudada a un cubo, servía para extraer el líquido elemento desde el interior del aljibe hasta la superficie. Tenía también su coladera para el filtrado del agua cuando ésta llegaba con la lluvia. Y, por supuesto, el rebosadero para que cuando ya estuviera lleno pudiera desaguar hacia el abrevadero.

 

Estaba próxima a culminar el cuadro. Los fondos abstractos se concretaban en detalles… Mi pincel volaba.

 

 

Mi abuelo supo lo que hizo. Practicó la agricultura autosuficiente, siendo ésta su fuente de vida, de salud, de sabiduría, de experiencia… Por eso gastó parte de unos ahorrillos en la  construcción de esta obra hidráulica. Pero el aljibe de mi abuelo fue aljibe de subsistencia, de necesidad. No fue aljibe de talaso, ni de diseño arquitectónico, ni de lujo. Fue un aljibe que dio vida a la casa y a sus moradores. A sus poyos con geranios, clavellinas, mimos, lluvias y margaritas que primorosamente regaba mi abuela. A la vaca, a la mula y a la yegua, a las gallinas y conejos y a las cabras. También al “Moro”, perro fiel y guardián dónde los hubiere, pero a la vez disciplinado y juguetón. A los gatos que, sintiéndose libres, aparecían por la casa cuando se les venía en gana traspasando la gatera. Al “sitio” de la casa y a sus alrededores. Mi abuelo empleó los recursos naturales a su alcance para hacer de aquel entorno un auténtico vergel. Un patrimonio natural que rodeaba su casa y la de toda su familia.

Indudablemente, el aljibe de mi abuelo existe porque él lo hizo subsistir. Nada mejor que un sano, saludable y beneficioso aprovechamiento de los recursos, del agua. Su valor y sabiduría  va directamente relacionada con la tierra y con su patrimonio.

Por todo ello y dado lo expuesto, tengo la impresión de que vivimos pensando en que tenemos un excedente de agua que no se nos va a acabar nunca. Agua que sí me enseñaron a valorar mis antepasados, a respetar y, por consiguiente, a saber ahorrar. Habría que replantearse, tal vez, la necesidad de volver a desempolvar la cultura de reutilizar y reciclar para un mayor y mejor “desarrollo sostenible”. Tal vez reutilizar y rescatar estas construcciones que, antaño, formaron parte de una cultura popular de abastecimiento indispensable. Madurar esta idea no va desencaminada. Quizás,  la alternativa pase por pretender seguir observando el agua de una manera despreocupada e irresponsable y ver si la tierra nos la regala  embotellada y en recipientes de diseño, o bien cayendo desde el cielo como por arte de magia. ¡Ay, si mi abuelo levantara la cabeza…!

El cuadro lo terminé y vive junto a mis cuadros, bocetos y dibujos.

Al igual que las reflexiones, los cuadros siempre siguen vivos.

 

 

 

 

 

 

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